domingo, 11 de enero de 2009

Prioridades perversas

Por: Norman Myers

La globalización es causante de que al menos US$200 mil millones se gasten en subsidios ‘perversos’ que dañan los hábitats de la biodiversidad y las economías. Este financiamiento de los subsidios es diez veces mayor que el gasto en conservación en todo el mundo.

Han pasado muchas décadas desde que se entendió que el planeta está entrando en la fase inicial de una extinción masiva de especies. Desde entonces, miles de científicos han escrito decenas de miles de artículos sobre este tema, y los activistas —ya sean gobiernos, agencias internacionales u ONG— han realizado esfuerzos sin precedentes para enfrentar la crisis, pero, si bien los recursos para la conservación—habilidades científicas, financiamiento y similares, así como medidas como las áreas protegidas— han aumentado enormemente, los problemas han aumentado aún más en la medida que hábitats importantes como los bosques tropicales han disminuido a tasas aún más rápidas.

Los mejores esfuerzos han hecho poco más que disminuir el ritmo al que las extinciones ganan impulso. Este juicio no es derrotista. Más bien, es realista, y es necesario mantener una mirada aguda sobre la situación en deterioro. Una cosa es preguntar ¿qué tanto mejor lo estamos haciendo?, y otra es hacer la pregunta principal, ¿estamos haciendo lo suficiente?

¿Cuánto progreso se ha logrado?, ¿Qué tan suficientes han sido los esfuerzos de conservación? y ¿Cuánto tiempo queda antes que el problema de la extinción supere el alcance de los humanos y los esfuerzos futuros no sean más que un asunto de rescate?¿Qué tan cierto es decir que los conservacionistas han estado enfrentando de manera eficaz los síntomas de los problemas ambientales?, en lugar de llegar a las fuentes de los problemas —que incluyen, como ejemplo notable, aquellos subsidios que son malas noticias tanto económica como ambientalmente, de allí que sean “perversos”. Los conservacionistas gastan cerca de US$20 mil millones por año, mientras que los subsidios perversos que sirven, aunque sea de manera inadvertida, para agotar los hábitats de la biodiversidad, suman un total al menos 10 veces mayor. Mientras continuemos fallando en enfrentar los mega y meta problemas de los subsidios perversos, los conservacionistas se encontrarán a sí mismos empujando una roca cada vez más grande en una cuesta aún más empinada.

Esto supone la necesidad de un enfoque más amplio para el desafío de la conservación. Es cierto que los conservacionistas han trabajado mucho tiempo y duro para preservar la biodiversidad y se han vuelto extremadamente hábiles en muchas de sus tareas. Pero, además de enfrentar los problemas, deberían hacer más para enfrentar las fuentes de los problemas: ¿Cómo sofocar los problemas antes de que siquiera se desarrollen? Esto implica, por ejemplo, abordar aquellos subsidios perversos que están destruyendo los bosques, expandiendo los desiertos, reduciendo los suministros de agua, promoviendo la contaminación a gran escala, estimulando la erosión de los suelos, e inclusive, causando trastornos climáticos, entre muchas otras formas de ‘bioagotamiento’. Si otros países desarrollados siguieran el ejemplo de Nueva Zelanda y redujeran significativamente sus subsidios agrícolas, liberarían muchos cientos de miles de millones de dólares de subsidios innecesarios por año. El retiro de estos subsidios llevaría a evitar mayores daños ecológicos en los hábitats de la biodiversidad sobre millones de kilómetros cuadrados.

¿Cuánto puede costar todo esto? Existen diversas respuestas. Para salvaguardar 35 sitios críticos de biodiversidad terrestre se requieren alrededor de US$3.500 millones para 5 años, un desembolso que podría reducir el rango de extinción de especies por un enorme dos quintos. Cerca del 35-45% de las estimadas diez millones de especies de la Tierra están confinadas a estos sitios críticos, donde se encuentran severamente amenazados.

En términos de costos financieros, el trabajo puede ser logrado con seguridad; ni otros factores serían insuperables. Para detener el calentamiento global, por ejemplo (que se encuentra entre las fuentes principales de pérdida de hábitat en el futuro eventual), las tecnologías para reemplazar los combustibles fósiles están ampliamente disponibles (y con beneficios financieros masivos en el largo plazo). Los principales obstáculos son políticos, tal como los grupos de interés que mantienen los subsidios perversos a pesar de sus muchos costos ambientales (y económicos). Lo que se necesita es un compromiso político de la escala del Proyecto Manhattan para producir la primera bomba atómica. Uno de estos esfuerzos fue el Plan Marshall, con un costo de US$90 mil millones de dólares (en dólares de 2001), si bien es dudoso que Harry Truman y George Marshall pudieran lograr que sus iniciativas fueran aceptadas el día de hoy a la luz de los muchos cabilderos que militarían a favor de sus intereses especiales en detrimento del Plan. Tome nota de un par de proyectos a gran escala en décadas recientes, con costos (en dólares de 2001) del mismo orden de magnitud: poner a un hombre en la Luna, US$100 mil millones; y el sistema de defensa contra misiles, US$150–240 mil millones. Un tercer proyecto, si bien con un desembolso mucho menor, fue la sonda Pathfinder para buscar formas de vida (¿unos cuantos mohos de la humedad primitivos?) en Marte, con un costo de cerca de US$240 millones.

Entonces, el problema parece recaer en un caso de visión social y voluntad política para convertir la visión en acción. En el pasado, varias comunidades han movilizado la química institucional para lograr éxitos de una magnitud proporcionalmente mucho más costosa que lo que se requiere para contrarrestar la crisis biótica. Ejemplos notables son la construcción de las pirámides en Egipto y las catedrales góticas en Europa, las que demandaron la asignación de excepcionalmente grandes porciones de las economías y capacidades sociales contemporáneas. Ambos fueron logrados mediante esfuerzos de toda la sociedad. Un intento de este tipo podría hacerse hoy día, especialmente en la medida que los beneficios en el largo plazo sean mucho más perdurables de lo que las pirámides y las catedrales han probado ser hasta ahora. Después de todo, si el género humano fracasa en proteger la biodiversidad en momentos de peligro sin precedentes, el periodo de tiempo que le tomaría a la evolución producir las especies de reemplazo sería al menos mil veces mayor que el tiempo que las pirámides han existido. ¿Esto no debería inspirar al género humano para ampliar su noción de lo que está en juego, y hacerlo al menos de manera tan eficaz como los sensatos religiosos para las pirámides y las catedrales góticas?

Referencia.-

1. Globalización: Lo bueno, lo malo y lo feo. Revista de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Vol. 38. Nro. 2. Mayo del 2008.

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